Capibara Wins
El fenómeno de los carpinchos del delta nunca para de sorprender. No solo es de los roedores más grandes del mundo, sino que, además, podemos decir que son mucho muy persistentes.
Hace ya rato que la ocupación de Nordelta por parte de una de las clases más altas de la capital federal les trajo problemas. Un bicho que, sin comerla ni beberla, se quedó sin costas naturales y empezó a resistir tras los arbustos. A veces toman casas y hasta se baten a duelos con los perros del lugar.
El carpincho es nativo de nuestro país y permanece cautivo ante los ojos espantados de los nordeltabitantes, que, intimidados y llenos de odio, los quieren más muertos que vivos. Es que les comen las hortensias, les cagan los jardines soñados, se toman su tiempo para cruzar la calle y se tiran a dormir la siesta en cualquier parte de la isla. ¿Acá hay solcito y hay pastito? Dale que va.
Los nordelteños los miran detrás de las cortinas y mastican frustración mientras mandan mensajes a los grupos de alerta: “Otra vez hay dos en mi jardín”. Atrás de las ventanas se gestan las broncas que después descargan maltratándolos.
Odiado, el nordelteño no puede hacer más que direccionar su ira hacia estos ratones gigantes que, con su aspecto tosco, le quitan toda la ligereza al lugar. Esa tensa ligereza necesaria para que esos ámbitos tan conservadores parezcan, al menos, amables.
Esta semana, la justicia declaró que los carpinchos tienen derecho a existir en su propio ecosistema. El fallo limita el “control de plagas” y establece que no pueden ser capturados, trasladados ni eliminados, en parte porque algunos vecinos estaban excediéndose con el asunto.
Los y las vecinas que los combaten insisten en que son plaga y que hay que frenarlos. Y cualquier cosa que se convierte en plaga, sabemos, arrasa. Lo lindo, si es demasiado, a veces ya no es tan lindo.
Un estudio del CONICET sobre población de carpinchos en Nordelta registra que, en los recorridos en los que se detectó su presencia, pasaron de 8 % (2014) a 92 % en 2021. O sea: de ser ocasionales a ser estables.
Aun así, la justicia acaba de definir que, si bien son muchos, la categoría de “plaga” no les queda. Estaban antes de la ocupación privada de sus tierras y resistieron a irse topadora mediante. Firmes, estoicos y hasta violentos (no suelen ser animales agresivos), los y las carpinchas se aferraron de forma organizada y audaz a sus humedales.
Estos bichos están por toda América Latina, en donde los llaman capibaras, nombre tiktokero que de tiktokero nada: su origen es guaraní y significa “Señor de las hierbas”.
Más allá del fastidio que generan en un sector de la sociedad, son de los animales más simpáticos de nuestro país (opinión personal: compite con el hornero como emblema nacional) y representan, sin querer queriendo, una lucha silenciosa y de película.
La coexistencia entre el humano de clase alta y este capibara de los humedales no viene siendo fácil. De un lado, quienes piensan que el paisaje es un decorado que puede comprarse y, del otro, quienes, ajenos a la lógica de la propiedad privada, defienden con uñas, dientes y crías a cuestas el pedazo de territorio que les queda.
Que tengan un lindo domingo.
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Lo hermosos y necesarios que son estos textos de domingo! 🫶❤️🔥
Increíble como pueden permitir eso, hay miles de lugares para vivir sin hicnharle las bolas a los animales que ya viven ahí, pero así son, piensan que todo puede ser tomado y usado. La plaga son estos chetos caprichosos. Que Viva la Revolución Carpincha !